En una pequeña isla al otro lado del mundo, de una población de apenas una decena de familias, me encuentro dando clases de Matemática a dos chicos. Uno de ellos me señala la ventana y me hace mirar.
Lo que por un momento asumo como un terrible nubarrón, no es sino un conjunto colosal de globos oscuros que comienzan a esconder nuestro horizonte. Asustado por tal oscuridad, me asomo por la ventana para intentar ver el fin, la cola, de semejante cantidad de globos.
Ya con la cabeza fuera, puedo contemplar la inmensidad de aquello. Tenía al menos cien metros de alto, y unos cuantos kilómetros de largo. El color de los globos iba del gris oscuro al negro semejante al petróleo. Estaban todos atados, y en la parte superior tenían como una capa de tela plástica corroída por hollín, que los mantenía unidos. Esto último logro verlo bien de cerca, debido a que un grupo de globos desprendido de aquel monstruo creado por el hombre, cae a unos metros de nuestra humilde aula.
viernes, 11 de mayo de 2018
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